Ser una rata nunca ha estado bien visto. Cada vez que te ven comienzan a correr, la gente hace comentarios, huyen de ti, hasta llegan a creer que les puedes transmitir enfermedades, ya ves lo que hace tener antepasados con mala reputación…, o piensan que les atacarás, en fin…Y una, lo único que quiere es pasear, tomar el aire y ver un poco la luz del sol.Al final, una se siente sola en este mundo oscuro. Todas aisladas en las cloacas. La marginación social no es lo que yo había soñado para mi vida. Yo no elegí ser rata, pero nací así.

Por eso, cansada de no poder tener verdaderos amigos que me acepten sin condiciones ni prejuicios, decidí hacerme pasar por oveja.

Las ovejas, aunque tengan fama de tontas, también la tienen de buenas y obedientes, todo lo contrario que nosotras. Nunca están solas, ya que salen en grupo, y la gente ve en ellas ternura y no asco.

Yo, aprovechando que soy blanquita, beneficio dentro de ser rata (porque si eres rata y además negra…ahí si que lo tienes mal), me hice pasar por una más del rebaño. Cambié algunos de mis hábitos, intente no compartir ciertos pensamientos y oculte algunas otras cosas, como mi larga cola y mis grandes orejas.

Al principio nadie sospechó nada y yo me sentí bien pareciéndome a ellas, siendo una más. Me aceptaron en seguida, comencé a tener amigas y dejé de sentirme como un bicho raro.

Pero el tiempo pasaba, y yo me preguntaba qué pasaría si mis nuevas amigas, que tanto decían quererme, se enteraran que yo no era una de ellas. Y, aunque todas me trataban como a una más, yo presentía que notaban algo diferente en mi.

Y a pesar de que yo me sentía bien con las ovejas, seguía, en mi interior, siendo una rata, y cada vez más, quería que mis nuevas amigas me quisieran por lo que soy y no por lo que parezco. Pero tenía un miedo terrible a que me rechazaran, a volver a ser una rata solitaria y marginada.

Poco a poco me metí tanto en mi nuevo papel de oveja que hasta me costaba admitir lo que realmente era, una rata. No quería ser rata, pero lo era.

Me iba sumiendo en un caos interno, sentía una tristeza que provenía del hecho de no sentirme realizada, de verme diferente a las demás, de no encontrar mi sitio junto al rebaño,…

Así que, sin más, un día decidí contarle a mi mejor amiga oveja lo que era realmente. Estaba atemorizada, pensando en la soledad de la cloaca que se avecinaba, pero, sorprendentemente, al decirlo, la oveja comenzó a reírse.

Yo, perpleja, le pregunté porque se reía, y me dijo que no le importaba lo que era, porque sabía cómo era, y que se imaginaba que no era una oveja. Que había aprendido que no hay que juzgar por la apariencia. También me dijo que, probablemente si hubiera sabido que era una rata desde el principio me hubiera prejuzgado y nunca habría conocido a un ser tan maravilloso como yo, y que se daba cuenta ahora que es un error juzgar solo por los estereotipos, ni todas las ratas son malas ni todas las ovejas son tontas.

Si todo el mundo dedicara un esfuerzo en conocer al prójimo antes de juzgarlo, ni las ratas se esconderían bajo pieles de oveja, ni las ovejas se quedarían sin conocer a estupendas ratas. Todos viviríamos juntos, libres y en armonía si no existieran los prejuicios.

Y Rantxi por fin dejó de esconder su larga cola y sus grandes orejas…