Como cada último viernes del mes  a las 23:30 Marina se encuentra en la calle P, frente a una gran nave industrial en un polígono del extrarradio. Sentada dentro de su coche, con el motor parado y únicamente alumbrada por una pequeña farola encendida justo en la acera donde ha aparcado.  Nada más llegar, como si de algo mecánico se tratase, cierra el seguro del coche. Se sabe sola, sin duda, como es lo normal un viernes por la noche en una zona industrial. Busca esa soledad, y está segura que la tiene. Sin embargo, ese irracional miedo a la oscuridad le hace temer no estarlo. La oscuridad hace que todo se vea diferente. Este lugar, que a plena luz del día no es más que un polígono repleto de coches, camiones, gente desplazándose de un lado a otro, unos mejor vestidos, otros con su atuendo de trabajo algo usado, ruidos,…Este lugar, a esa hora no es susceptible de producirnos temor alguno. Pero, bien es cierto, la oscuridad a veces tiñe de miedos lo que a la luz agrada. Sólo hay que imaginar una cara triste, que por muy bonita que sea, nada tiene que ver con el momento en que es iluminada por una sonrisa.

Marina trabaja en unos grandes almacenes. Sección televisiones. Sabe 3 idiomas y es ingeniera en diseño industrial. Trabaja a turnos de tarde y mañana durante los siete días de la semana, incluidos domingos. Su sueldo supera ligeramente los mil euros. Se siente afortunada de tener un sueldo a fin de mes y además le gusta su trabajo. Lo cierto es que a los 18 años tuvo en sus manos un folleto de la escuela superior de arte dramático, era lo que le gustaba, estaba segura que hubiera sido feliz. Sin embargo sus profesores, psicólogos del instituto y sobretodo sus padres esperaban “mucho más” de ella. Y ella decidió anteponer el darles gusto a sentirse realizada. A veces piensa en ello y tímidamente se siente triste. Pero intenta no pensarlo demasiado, ya que en la vida sólo existe una dirección y hay que ser consecuente con las decisiones que se toman. Y en parte es por eso por lo que le gusta su trabajo, porque durante ocho horas al día interpreta un papel. Tal y como a los actores les sucede el día de función, no importa lo triste o hundida que esté ese día, el espectáculo debe continuar, o en su caso las ventas, así que se pinta su sonrisa y se convierte en la chica más simpática y dispuesta a ayudarte en la elección más importante para el futuro de tu salón. Cada día ha de convencer a sus clientes que es mejor que compren la televisión superior a la que Marina cree que realmente les convendría. No se siente mal, porque realmente les está vendiendo una buena televisión, pero es cierto que a veces pesa un poco no ser del todo sincera. Por eso, algún día que otro, sobretodo esos días en los que pintar la sonrisa cuesta un poco más, decide ser sincera, decide decirle a la gente justo lo que necesitan, que no necesitarán más hertzios para ver la película del sábado por la tarde en la tele. Pero está claro que no hay nada como decirle a alguien que se conforme para que no lo haga, y siempre acaban comprando el modelo superior.

Vive sola. Es algo que realmente le gusta. No depender de nadie, que nadie le diga lo que tiene que hacer, que nadie se queje si un día decide no fregar los cacharros de la cena, que nadie deje pelos en su baño, que nadie le quite su lado preferido del sofá ni tenga con nadie peleas por el mando de la tele. Le gusta la independencia y sentir que puede cuidar de sí misma. Pero tampoco nos vamos a engañar, echa de menos acurrucarse en el sofá con una manta y unas manos que le acaricien el pelo, preparar tostadas para dos y desayunar junto a dos tazas de café humeante, ir al cine y compartir las palomitas y sentir un cosquilleo cada vez que ambas manos se rocen al cogerlas. Echa de menos mirar a alguien y no tener que dar una larga explicación, porque con eso basta. Incluso discutir, sobre libros, películas, política, lo que sea, pero discutir y terminar reconciliándose. Marina no ha tenido mucha suerte en el amor. Sencillamente diremos que no ha tenido suerte, ni mucha ni poca. Siempre se ha enamorado de la persona equivocada en el momento equivocado. Y no es que la hayan tratado mal siempre, pero nunca la han tratado como realmente merece. Por eso, quizá no conscientemente, puede que su inconsciente haya decidido que lo mejor es estar sola, aunque a veces sienta que sin compartirla, la vida, tampoco merezca tanto la pena.

Su concepto de la amistad ha ido evolucionando gracias a las veces que éste le ha ido defraudando en la vida. Marina es generosa con sus amigos, más con unos que con otros, pero sabe escuchar, les intenta ayudar en lo que necesitan y está ahí, sea la hora que sea. A veces, la felicidad de sus amigos ha primado sobre la suya propia, y no le pesa, porque al final, es feliz viéndoles felices, o al menos, así era años atrás. Últimamente ha empezado a pensar más en sí misma. Porque está muy bien eso de no esperar nada de nadie y así no llevarse chascos. Pero es inevitable esperar que cuando se siente mal y necesita hablar con una de esas personas por las que ella ha dado tanto, al menos, se preocupen un poco. Ella piensa que eso debe ser lo mínimo, y hasta de eso se ha desengañado.

Su vida no es una vida mala. Pero a veces siente que es una vida vacía. Por eso hoy está aquí, como cada último viernes de mes. Si no lo hace estalla por dentro, y eso es mucho peor. No quiere estar deprimida, ni aparentar triste, su orgullo se lo impide. Quiere salir adelante por ella misma y así al menos está logrando algo. Ella siente que así aleja un poco a sus monstruos, a lo que científicamente quizá le llamen liberar endorfinas. Le sirve, y con eso basta, de momento. Tras apagar el motor del coche, la radio y desabrocharse el cinturón de seguridad, permanece quieta y en silencio por unos minutos. Como si quisiera así atraer todos los pensamientos que la atormentan cada día, tenerlos cerca, mirarlos de frente y poder así atacarlos cara a cara. Y ya, decidida y concentrada, da con todas sus fuerzas un poderoso y reconfortante grito.

Tras reponerse, enciende de nuevo el motor y vuelve a su silenciosa vida.